El Momento Que Lo Cambió Todo: Por Qué Decidí Crear un Traductor de Lengua de Señas
En 2011, presencié algo que no pude ignorar. Una persona sorda tratando de comunicarse en un mundo que no estaba diseñado para ella. Ese momento fue el origen de todo.
Nota del autor (mayo 2026): Este artículo fue escrito originalmente en mis notas personales en septiembre de 2011, en Guanare, Venezuela. Lo comparto aquí por primera vez tal como lo escribí entonces, con pequeñas ediciones de claridad.
El Momento Que Lo Cambió Todo: Por Qué Decidí Crear un Traductor de Lengua de Señas
La tarde del camino a casa
Era una tarde normal en Guanare. Como de costumbre, caminaba de regreso a casa desde el liceo — un trayecto de 60 a 90 minutos que hacía a diario. A mitad del camino me encontré con una amiga con la que tenía días sin hablar. Coincidió que ella iba a una clase de defensa personal en un gimnasio que quedaba en mi ruta, así que seguimos caminando juntos.
En un momento, nos cruzamos con su primo. Tenía la misma edad que ella. Se saludaron, y luego ambos me miraron. Mi amiga comenzó a hacer gestos con las manos y expresiones faciales — lengua de señas. Le estaba contando que yo la acompañaba al gimnasio. Su primo se rió y respondió en señas. Yo me quedé observando, completamente afuera de esa conversación.
Tras un momento, el primo se despidió y siguió su camino. Mi amiga y yo continuamos caminando.
Mi curiosidad fue inmediata: "¿Qué te dijo?" Su respuesta fue breve: "Que si quieres saber, averígualo por tu propia cuenta."
En ese instante, algo me golpeó con claridad: sin poder entender la lengua de señas, era yo quien estaba limitado. No el primo sordo. Yo. En una conversación tan trivial como presentar a un acompañante, yo era el que no podía participar. Y eso me pareció completamente inaceptable.
Lo que busqué esa semana
Mi curiosidad no se apagó al día siguiente. Volví a ver a mi amiga días después, y su primera pregunta fue si ya sabía qué habían conversado. Tuve que admitir que no, pero que estaba buscando cómo entenderlo.
Lo más cercano que encontré a detección de gestos por computadora en 2011 era el Kinect de Xbox — y una comunidad de entusiastas que hacían mods y hacks para expandir sus funciones. Pero estaba todo en inglés y el hardware era difícil de conseguir en Venezuela.
También leí en foros sobre sistemas de traducción con guantes sensorizados o pulseras. Pero intuí que eso no alcanzaba: la lengua de señas no es solo mover las manos. Son oraciones completas, expresiones faciales, posiciones del cuerpo. Era un lenguaje visual complejo, y reducirlo a sensores en los dedos me parecía insuficiente.
Fue ahí cuando entendí que debía existir algo más. Y que ese algo tendría que ser diseñado desde cero.
La idea que tomó forma
La asociación fue natural: si el Kinect podía detectar movimientos del cuerpo para controlar un videojuego, ¿por qué no podía detectar los gestos de la lengua de señas y traducirlos? Si era posible para jugar, debía ser posible para comunicarse — algo infinitamente más importante.
No tenía idea de cómo programarlo. Pero sí sabía que la visión por computadora podía detectar e interpretar movimientos. Y que eso era el núcleo de lo que necesitaba construir.
El contexto: Venezuela 2011
Lo que me movía no era solo la curiosidad tecnológica. Era también el contexto que me rodeaba.
En Venezuela en ese momento, la situación político-social era difícil, especialmente para alguien con recursos limitados y una idea que era tanto necesaria como compleja. La comunidad sorda no podía hacer vida activa ni difundir mensajes más allá de su propio círculo gestual.
Cerca de mi casa, en el barrio 23 de enero, se había proyectado e iniciado un centro piloto para personas con discapacidad. Pero como tantos proyectos estatales de esa época, quedó a medias: sin maestros especializados, sin recursos para finalizar la infraestructura, sin seguimiento. Lo que pudo haber sido un buen punto de partida para conectarme con la comunidad sorda nunca llegó a materializarse.
Entender que no existía ninguna herramienta digital funcional en español para traducir lengua de señas — en un país donde los proyectos de inclusión nacían y morían sin completarse — fue el detonante definitivo.
Los primeros pasos
Intenté formalizar TALS como tesis de grado de Ingeniería Informática en la universidad. Fui con la idea, con entusiasmo, pensando que el respaldo académico podía acelerar el proyecto. La respuesta fue desalentadora: si lo desarrollaba bajo ese marco, con las "asesorías" y el soporte institucional, cualquier derecho sobre el proyecto pasaría a ser de la universidad.
Ese fue el primer punto de inflexión. No fue soberbia lo que me hizo declinar — fue la convicción de que lo que quería construir era algo importante, y que no estaba dispuesto a cederlo. Así que seguí investigando por mi cuenta.
Recordé que tiempo atrás había postulado a la Fundación Ideas de Venezuela sin pasar las fases de preselección. Esta vez no tenía fondo ni mentor. Solo tenía una laptop básica, acceso limitado a internet, y la convicción de que si conseguía un Kinect, podría armar un primer prototipo y demostrarle a mi amiga — y a mí mismo — que la idea era viable.
El compromiso
No fue una decisión sencilla. Estudiar Ingeniería Informática mientras cursaba Ingeniería de Producción Animal ya era una carga considerable. Trabajar para costear los estudios me dejaba muy pocas horas al día para dedicar al proyecto. Y el país se estaba deteriorando: devaluaciones, inseguridad creciente, incertidumbre política.
Pero me dije algo simple: si quiero que esto exista, tengo que hacerlo yo. Nadie más lo va a hacer por mí.
La tensión era real: "esto es imposible para uno solo" contra "si no lo hago yo, ¿quién lo hace?" Al final, la segunda frase ganó.
Sin poder adquirir el Kinect de Microsoft en ese momento por falta de recursos, me dediqué a documentar la idea y seguir investigando. Sin dinero. Sin equipo. Sin saber exactamente qué era un ecosistema emprendedor. Solo con la certeza de que la idea valía el esfuerzo, y que el día que tuviera los recursos para prototipar, estaría listo.
Esa certeza fue el primer ladrillo de lo que, seis años después, se convertiría en TALS, en una empresa registrada en Chile, en un Premio CORFO Capital Semilla de 33 millones de pesos, y en un stand en Computex Taipei representando al país que nos acogió.
Todo empezó una tarde caminando, cuando un primo sordo se rió de algo que yo no pude entender.