Computex Taipei 2018: Un Stand Entre Gigantes
ProChile nos envió a Computex, el mayor tech show de hardware del mundo, a representar a Chile con una startup de accesibilidad. Dos personas, un prototipo, y un stand en Taipei entre ASUS, Nvidia y los fabricantes más grandes de Asia.
Nota del autor (mayo 2026): Escribí esto en el vuelo de regreso de Taipei a Santiago, en junio de 2018. Era la primera vez que representábamos a Chile fuera del continente americano. Reviso estas notas y todavía me parece surreal.
Computex Taipei 2018: Un Stand Entre Gigantes
Cómo llegamos aquí
En junio de 2018, dos ingenieros venezolanos afincados en Iquique aterrizaron en Taipei representando a Chile en Computex, el mayor evento de hardware del mundo. No fue casualidad.
ProChile — la agencia gubernamental de internacionalización de exportaciones — seleccionó a TALS como una de las cuatro startups chilenas más innovadoras para participar en InnoVEX, el pabellón de startups de Computex 2018. El criterio de selección fue la viabilidad global de la solución y su potencial para atraer inversión o partners internacionales.
Pasar de Iquique — ciudad de frontera en el norte extremo de Chile, a 1,800 km de Santiago — a Taipei fue el salto más abrupto de nuestra trayectoria hasta ese momento. Y el más revelador.
Qué es Computex Taipei
Computex no es una feria de tecnología al uso. Es la Meca del hardware.
Cinco días. Más de 1,600 expositores. Más de 145,000 visitantes profesionales de 160 países. El Nangang Exhibition Center se convierte en el lugar donde ASUS, MSI, Gigabyte, AMD, Nvidia, Intel y los principales fabricantes de componentes del planeta presentan sus productos para el año siguiente. Si algo va a existir en el mercado de hardware de consumo o profesional en los próximos doce meses, primero se ve en Computex.
Nosotros éramos una startup de accesibilidad de Iquique con un prototipo de Raspberry Pi en una carcasa impresa en 3D. Estábamos rodeados de los gigantes del silicio.
Era el lugar perfecto para nosotros.
La preparación en Iquique
Las semanas previas a Taipei fueron febriles.
Rediseñamos la carcasa del prototipo de TALS. El "Frankenstein" de cables y PCB expuesta que había ganado hackathones tenía que convertirse en algo que pareciera un producto en camino a la comercialización. Imprimimos en 3D un enclosure limpio, lo pintamos, y montamos todo con una presentación visual que comunicara: esto es real, no es un experimento universitario.
Imprimimos materiales en inglés y chino tradicional. Fue nuestra primera lección de internacionalización: si tu material solo existe en español, no estás en InnoVEX, estás en un evento regional.
El mayor reto logístico fue proteger el hardware para el viaje. 30 horas de vuelo, dos escalas, cambios de voltaje, humedad tropical. Todo el sistema iba en equipaje de mano. TALS no se separaba de nosotros.
El viaje: Iquique → Santiago → Tokyo → Taipei
Mi primera vez cruzando el Pacífico.
La escala en Narita, Japón, fue el primer choque cultural. El silencio. El orden. La precisión en cada detalle del aeropuerto. Los empleados con guantes blancos. La tecnología integrada sin que pareciera exhibicionismo. Algo que en Latinoamérica asociamos con "el futuro" era allí simplemente cotidiano.
Al llegar a Taipei, nos recibió el calor húmedo del verano taiwanés y una ciudad que respira electrónica. Puestos de componentes electrónicos en los mercados nocturnos. Letreros de neón sobre tiendas especializadas en cables, circuitos y pantallas. El ecosistema de fabricación de hardware más denso del planeta, comprimido en una isla de 36,000 km².
Llegamos cansados. La adrenalina nos mantuvo despiertos.
El stand: la realidad
Nuestro stand estaba dentro del pabellón de Chile en InnoVEX, la sección de startups de Computex. Teníamos dos metros cuadrados. Una mesa, un monitor, el prototipo de TALS montado, y nuestros folletos bilingües.
A nuestros lados: startups taiwanesas, israelíes, norteamericanas. Al fondo: los stands de ASUS y MSI, del tamaño de un piso entero.
El primer día fue una prueba de fuego. El flujo de visitantes era constante desde la apertura. Venían a InnoVEX buscando la próxima tecnología disruptiva, no una demo de accesibilidad para personas sordas. Tuvimos que aprender rápido a captar la atención en los primeros cinco segundos y adaptar el pitch según quién estaba frente al stand.
Con un ingeniero de hardware: "Estamos usando visión por computadora en tiempo real con una Raspberry Pi 3B+ y TensorFlow Lite. El reto es la latencia — tenemos que estar por debajo de 300 milisegundos para que la traducción sea natural."
Con un inversor: "El mercado de tecnología asistiva para sordos supera los 5,000 millones de dólares anuales. No hay ninguna solución de visión artificial accesible en precio en ningún idioma distinto al inglés."
Con alguien que simplemente se detuvo por curiosidad: Encender el sistema y mostrar la demo. Las manos de Darwin gesticulando, el texto apareciendo en pantalla en tiempo real. Sin más palabras.
Las conversaciones que importaron
La mayoría de los visitantes fue curiosidad superficial — una demo, una foto, un folleto y a seguir.
Pero hubo conversaciones que valieron el viaje entero.
Un ingeniero de una firma taiwanesa de sensores de profundidad estuvo 40 minutos con nosotros. Analizó el hardware, preguntó sobre los algoritmos de detección, y nos dijo algo que seguimos usando como guía: "Vuestra idea funciona porque usa hardware estándar para un problema de nicho. Eso es escalable. El hardware costoso solo sirve para prototipos; el hardware barato construye mercados."
También tuvimos reuniones con fabricantes de pantallas OLED de bajo consumo interesados en el caso de uso. Para un dispositivo dedicado a la traducción de señas, la pantalla es tan crítica como la cámara.
Lo que no se ve en las fotos
Las fotos del stand muestran sonrisas, stands coloridos y el ambiente internacional de Computex. Lo que no se ve:
Dormíamos cuatro horas. Nos alimentábamos en los mercados nocturnos de Taipei para ahorrar el presupuesto para otras cosas. El segundo día de la feria, la Raspberry se sobrecalentó por las horas de funcionamiento continuo bajo los focos del stand. Improvisamos un sistema de enfriamiento con un ventilador USB comprado a 200 metros del recinto, en una tienda que vendía cables y accesorios electrónicos al peso.
Fue puro hacking industrial en medio del evento de hardware más sofisticado del mundo.
El momento que lo define todo
Fue al final del tercer día. El stand ya estaba siendo recogido, quedaban pocos visitantes en InnoVEX. Un hombre taiwanés de unos cincuenta años se detuvo frente a la demo. Observó el sistema en silencio. Luego hizo una seña — no para interactuar con el sistema, sino genuina, espontánea.
Le pregunté, en inglés, si conocía la lengua de señas. Con el teléfono de traductor me explicó que su hijo era sordo.
Vio la demo otra vez. El sistema identificó el gesto, el texto apareció en pantalla. El hombre sonrió. Asintió varias veces. Dijo algo en mandarín que no entendí, pero el gesto de agradecimiento era universal.
En ese momento, TALS dejó de ser un proyecto tecnológico para convertirse en lo que siempre había sido: una herramienta para que dos personas que no comparten un idioma se entiendan.
El impacto real de Computex
Lo que Computex hizo por TALS no fue cerrar contratos ni conseguir inversión inmediata. Fue algo más valioso en esa etapa:
Validación de mercado global. Entendimos que el problema de la accesibilidad para personas sordas no es un problema latinoamericano. Es un problema universal con decenas de lenguas de señas distintas, y la solución que habíamos construido en Iquique tenía aplicabilidad en Asia, Europa y Norteamérica.
Red de proveedores. Los contactos con fabricantes de sensores y pantallas en Taiwan abrieron la puerta a una cadena de suministro global que habría sido imposible acceder desde Chile.
Credencial internacional. Al volver a Chile, "venimos de presentar en Computex Taipei" funcionó como tarjeta de presentación con ministros, fondos de inversión y grandes empresas. En el ecosistema chileno, ese estatus abrió puertas que habían estado cerradas.
Lo que Taiwan enseña sobre innovación
Me llevé de Taiwan algo que no cabía en la maleta: el respeto por la manufactura.
En Latinoamérica existe una dicotomía falsa entre el hardware —visto como difícil, costoso, "cosa de grandes empresas"— y el software, donde vivimos cómodos. En Taiwan esa dicotomía no existe. Cada pequeño taller, cada fabricante de componentes, cada distribuidor de partes es parte de un ecosistema integrado donde hardware y software son inseparables.
Aprendí que la soberanía tecnológica real empieza por entender cómo se fabrican las cosas, no solo cómo se programan. Un país que no fabrica hardware siempre depende de los que sí lo hacen.
Volví de Taipei con esa convicción, con 200 tarjetas de visita de fabricantes y distribuidores, y con la certeza de que lo que habíamos construido en una ciudad del desierto del norte de Chile era relevante a escala global.
El primo sordo de aquella tarde en Guanare nunca supo que su visita casual cambiaría una trayectoria y llevaría esa trayectoria hasta el otro lado del Pacífico.